El cementerio olvidado

Posted on Abr 24 2017 - 1:31pm by Ara Gálvez

Más de 584 millones de personas viajaron en Metro de Madrid a lo largo del pasado año. Sin embargo, sólo algunos de los habituales del subterráneo madrileño conoce uno de sus secretos mejor guardados: un cementerio olvidado en el corazón de la Línea 1, en la Estación de Tirso de Molina.

Actual estación Tirso de Molina

El 31 de octubre de 1919, bajo el reinado de Alfonso XIII, el Metro de Madrid abría por vez primera sus puertas al público. La línea inaugural -hoy parte de la Línea 1-  apenas cubría una distancia de unos 3,5 kilómetros y unía las estaciones de Sol y Cuatro Caminos.

El auge constructor estaba desatado y animados por el éxito sin precedentes del nuevo medio de transporte -usado en su primer año de vida por más de 14 millones de usuarios-,   en poco más de un lustro la Compañía Metropolitana Alfonso XXIII amplío hasta los casi 15 kilómetros las vías del subterráneo capitalino, creciendo hasta llegar a Puente de Vallecas e inaugurando parte de la actual línea 2 – entre las estaciones de Quevedo y Manuel Becerra.

Huesos en las paredes de la estación

En plena Navidad de  1921, el 26 de diciembre, se inauguró la estación de Tirso de Molina entonces llamada Progreso.

Erigida bajo la denominada plazuela de “El Progreso” que desde 1840 ocupaba los antiguos terrenos del solar dejado por el derribo del abandonado Convento de la Merced, la estación que mantiene su decoración original – con techo de esquinas apechinadas con remates abovedados en el vestíbulo principal, azulejería blanca y cenefas decoradas- oculta en su interior un macabro secreto.

Ampliaciones del Metro de Madrid 1919-1926

En plena vorágine constructora, pico en mano, los obreros encargados de horadar el interior de la plaza de “El Progreso” no tardaron en encontrarse con alguna que otra sorpresa. Primero traspapelados entre toneladas de tierra debieron encontrarse con algo parecido a huesos humanos, un cúbito o un fémur tal vez. Después, la clara evidencia de hallar esqueletos enteros ocultos plácidamente bajo tierra.  Sin saberlo  habían hallado el pequeño cementerio olvidado donde los frailes del antiguo Convento de la Merced, siguiendo la tradición de enterrar entre los muros del convento a sus antiguos habitantes, dormían la eternidad.

Algunos de los obreros no tardaron en salir corriendo por el lúgubre hallazgo. Otros, por su parte, optaron por poner al corriente a las autoridades cuanto antes. El escándalo estaba servido y unos y otros no se ponían de acuerdo en cómo hacer frente a aquel desastre que dinamitaba el trazado elegido. Pero, ¿qué mejor manera de hacer honor al nombre de la plaza Progreso que seguir adelante con su construcción pese a aquellos pequeños inconvenientes? 

Interior del Vestíbulo de Tirso de Molina

Dicho y hecho. Tras mucho cavilar, las autoridades decidieron optar por la vía práctica y dejar durmiendo el sueño de los justos a los frailes cerca de donde habían hallado  sus restos. Así, decidieron depositar sus huesos tras las paredes de la estación antes de cubrirlas con los azulejos blancos que hoy en día tan bien conocemos.

Hoy, casi un siglo después, solo algunos saben de aquel cementerio olvidado en la estación de Tirso de Molina  donde los monjes siguen mecidos en su sueño eterno por el ir y el venir de los trenes y el bullicio cotidiano de miles de viajeros.