María Víllora ha pasado años contando la belleza desde la mirada del periodismo, tendencias, productos, rituales y esa forma de traducir lo estético en relato. Pero ahora ha dado un giro inesperado y muy personal hacia la ficción, con La sombra de Clea, una novela donde lo visible deja de ser suficiente y lo importante ocurre justo en el borde. Entre la memoria y el miedo, entre lo heredado y lo que nunca se dijo.
En esta historia, lo sobrenatural no aparece como artificio, sino como una prolongación de lo humano: los silencios familiares, las emociones que se enquistan, los espacios que parecen guardar algo más de lo que muestran. Con una atmósfera densa, sensorial y cuidadosamente construida, Víllora se adentra en un territorio nuevo para ella como autora, pero reconocible en su forma de mirar el detalle, la piel, la luz, la textura de lo invisible…
El resultado es una primera novela que no busca solo contar un misterio, sino sostener una inquietud. Una invitación a entrar en una casa (literal y simbólica) donde todo parece tener eco, y donde la belleza convive con lo perturbador sin pedir permiso.
Hablamos con ella sobre el origen de esta historia, el salto a la ficción y lo que ocurre cuando una periodista decide dejar de describir el mundo para inventarlo.

ENTREVISTA CON MARÍA VILLORA:
-La sombra de Clea marca tu debut en la novela. ¿Qué te llevó a dar el salto de la comunicación y el periodismo de belleza a la ficción?
Es un sueño que llevo postergando muchos años porque no me atrevía y no me veía capaz. Era un compromiso que tenía conmigo misma y que por fin he podido hacer realidad.
-En La sombra de Clea hay una presencia muy física de la sombra, lo oculto y lo no dicho. ¿Qué te interesa de aquello que no se nombra pero condiciona todo?
Me llama la atención cómo aquello que no se dice puede acabar teniendo más peso que lo que sí contamos o hablamos abiertamente. Los secretos, los miedos que intentamos esconder… no desaparecen porque no los nombremos; muchas veces siguen ahí y condicionan nuestra forma de ser y de relacionarnos.
En La sombra de Clea quería jugar con esa idea. con lo que permanece oculto, a veces durante generaciones. Creo que todos tenemos nuestras propias “sombras”, aquello que evitamos mirar de frente. Me parecía más acertado insinuar esa presencia y dejar que el lector la vaya descubriendo, que explicarlo todo desde el principio.
-Vienes del periodismo de la belleza, donde la luz, la piel y la percepción lo son todo. ¿Cómo se traduce esa sensibilidad estética a la construcción de una atmósfera oscura?
Para mí son dos mundos que no tienen mucho que ver. Mi trabajo como periodista de belleza me parece glamouroso, divertido y muy visual, y disfruto muchísimo con él. Sin embargo, cuando escribo ficción me sale lo contrario: me atrae lo oscuro, lo inquietante, lo que puede llegar a dar miedo. Quizá por eso disfruto tanto escribiendo este tipo de historias, porque puedo explorar una faceta completamente diferente al que forma parte de mi día a día.
-¿Qué cosas del periodismo de belleza te han servido para escribir ficción sin darte cuenta? ¿Y cuáles has tenido que “desaprender”?
Más que el periodismo de belleza, lo que me ha servido es el periodismo en general. Llevo muchos años escribiendo y eso te da agilidad, te enseña a ordenar ideas, a buscar las palabras y a pensar en quien te está leyendo.
Lo que he tenido que desaprender es la necesidad periodística de explicarlo todo. En ficción no siempre hay que dar todas las respuestas ni contar las cosas. Al parecer, funciona mejor sugerir, dosificar la información y permitir que sea el lector quien complete ciertas cosas. Todo esto, me ha supuesto cambiar bastante el chip.

-La novela tiene un componente muy sensorial. Si La sombra de Clea tuviera un olor, una textura y un color, ¿cuáles serían?
Creo que tendría olor a tierra mojada y a madera vieja, porque me inspiro mucho en las casas de pueblo y en momentos pasados. La textura sería áspera y un poco pinchuda. Algo que transmita incomodidad.
Y el color lo tengo claro, sería gris casi negro, como una sombra.
-¿Hubo alguna escena que te costara especialmente escribir por su carga emocional o por lo que implicaba sostener narrativamente?
Sí. Las escenas más duras relacionadas con la muerte me costaron bastante. Sobre todo una en concreto que se desarrolla en un cementerio. Me resultó especialmente desagradable y no me apetecía enfrentarme a ella. Al final tuve que sentarme y terminarla, pero recuerdo esa sensación de “hoy tampoco quiero entrar ahí”.
-¿Cómo ha cambiado tu relación con la imaginación después de terminar el libro? ¿Se ha vuelto un lugar más habitable o más inquietante?
Pues, a veces me da miedo adentrarme demasiado en mi propia imaginación y darle rienda suelta, porque es ahí donde aparecen los monstruos y escribir una novela significa meterte de lleno en su tema central y llevarlo hasta las entrañas.
Y si lo que se me ocurre es oscuro o perturbador, no es agradable convivir tanto tiempo con ello. Por otro lado, supongo que esa misma imaginación que en me incomoda es también la que me ha llevado a escribir historias como La sombra de Clea.
-Y por último ¿por qué crees que nuestros lectores deberían leer tu libro?
Porque creo que es una historia en la que es fácil encontrar algo con lo que conectar. Hay misterio, secretos y momentos de miedo, pero también hay relaciones personales, amistad, amor, sexo e incluso humor. No quería escribir una historia oscura de principio a fin, sino una novela en la que los personajes también viven, se enamoran, se equivocan y se relacionan mientras todo lo sucede. Creo que es una lectura entretenida y ágil y quiero que el lector se quede con el gusanillo de: quiero seguir leyendo para saber qué demonios está pasando.
Por nuestra parte recomendamos el libro por muchos motivos pero el principal es por lo fácil de su lectura, lo rápido que entras en la historia y lo difícil que es terminarlo una vez estás en materia. Muchas gracias María, nos ha encantado el libro y charlar un ratito contigo.

























